viernes, 3 de diciembre de 2010

El coleccionista de sueños (y II)

Si quieres leer la primera parte pincha aquí: "El coleccionista de sueños (I)"

RENACER

Su existencia parecía haberse detenido. Seguía vivo, pero el dolor desbarató todos sus planes, convirtió sus sueños en pesadillas y arraigó en su corazón eliminando cualquier atisbo de esperanza. Se sentía culpable por lo que había hecho, no solo a la Sra. Adela, su madre, sino al resto de personas a las que había arrebatado sus casas y en muchas ocasiones, sus esperanzas. Y todo por defender los intereses del banco, de unos pocos desalmados que, como él, solo les importaba el dinero y el poder.

Jonay dejo el trabajo, se jubiló anticipadamente, su modo de vida se había vuelto vacío y sin sentido. Durante unos meses no consiguió levantar cabeza, se atiborraba a diario de antidepresivos, ansiolíticos, alcohol y a veces de algo más fuerte. Todo para intentar reconciliarse consigo mismo.

La fortuna o el destino quiso que sus pasos se encaminaran un día hasta la casa donde vivió Dña. Adela. Recordó con amargura como ella quería esperarlo en ese lugar, estar allí para cuando él fuera a buscarla.

Lo decidió sin pensarlo, viviría en el que fue el hogar de su madre biológica lo que le quedara de vida. Quizás fuera irracional pero con su mente y su corazón sabía que no quería olvidarla, aunque ello le hiciera sufrir, esa sería su penitencia.

La vivienda era aún propiedad del banco, esos cabrones no habían podido venderla por la crisis; así que la compró.

Aún conservaba los muebles antiguos. En un ropero encontró, escondida en el fondo, una pequeña caja de cartón. Dentro había unas pocas cuartillas escritas del puño y letra de Dña. Adela. Leyó perplejo, sin entender demasiado que tenía entre las manos. Cada cuartilla estaba encabezada por el nombre de una persona y a continuación un pequeño párrafo donde se describía lo que parecía un deseo o un sueño. Había encontrado un tesoro, el tesoro de su madre, una extraña afición: coleccionar los sueños de otras personas.

-Quizás sea buena idea continuar con esta colección-se dijo- al fin y al cabo a mí no me quedan sueños y conocer los ajenos puede ser un pequeño consuelo que me dé algo por lo que seguir viviendo.

Supuso que las personas que figuraban en aquellas cuartillas tenían que ser, necesariamente, vecinos del barrio. Debía tener contacto con ellos, hablar con las personas que conocieron a su madre, descubrir en sus gestos, en su forma de mirar y de hablar, sus anhelos, sus esperanzas, sus sueños. Era bueno en eso, cuando trabajaba en el banco le sirvió para hacer clientes, ofrecerles el dinero para conseguir lo que deseaban, cobrando, eso sí, sus comisiones e intereses. Ahora le serviría para continuar con la afición de su madre.

Arrendó un local en los bajos del edificio y montó una pequeña tienda de comestibles.

-Todo el mundo compra algo de ves en cuando en estos comercios- pensó – y es un buen sitio para conocer a los vecinos.

Jonay había pasado de ser un tiburón de la banca a convertirse en un humilde tendero de barrio. Su vida, sin duda, había dado un giro radical.

VIVIR


Aún recordaba el primer día que vio a Elizabeth, entró en su pequeña tienda a ofrecer sus servicio como asistente de hogar.

-Si sabe de alguien que necesite que le limpien la casa, le haga la comida o incluso para cuidar a una persona mayor- le había dicho a la vez que le entregaba un panfleto donde publicitaba sus servicios.

Jonay miró con detenimiento a la mujer. Por su acento, sus rasgos y su atuendo supo que no era española.

-Usted no es de aquí, ¿verdad?.

-No, soy Indú, pero tengo mis papeles en regla. Necesito trabajar, tengo un niño pequeño que alimentar. Por favor, sabe usted de alguien que pueda necesitar mis servicios. Ayúdeme.

Alguien volvía a pedirle ayuda. Habían pasado casi dos años desde aquel día en que vio a su madre por primera y última vez. Ahora había cambiado. Miró nuevamente a la mujer y con su mejor sonrisa le dijo:

-Mañana la espero en mi casa, está aquí mismo, en el segundo B, a las 10 de la mañana. El sueldo y los detalles los veremos sobre la marcha, ¿vale?.

La mujer unió su mirada a la de Jonay, sorprendida por el ofrecimiento tan repentino. Devolviéndole la sonrisa le dijo:

-¡Muchas gracias!, aquí estaré... Por cierto me llamo Elizabeth.

-Yo soy Jonay Guerra, encantado.

...


Unos meses después sucedió el primer “prodigio”. Regresó a casa tarde y Elizabeth ya se había marchado.

-Que lástima- pensó- siempre es agradable hablar con esa mujer, me cae muy bien.

Se ducho, se preparó la cena y se sentó en su sillón frente al televisor con la caja de cartón a su lado. Cogió medio folio en blanco y escribió el sueño de uno de sus clientes del que había tenido conocimiento ese mismo día. Cuando se disponía a juntarla con las demás descubrió, con asombro, unos trocitos cortados en forma de triángulo e iguales. Los juntó, la cuartilla a la que pertenecía había sido seccionada con dos cortes diagonales en forma de aspa.

-¿Quién a hecho esto y por qué?- se dijo- Solo puede haber sido Elisabeth, pero, ¿que motivo puede tener ella para hacer esto?. Aunque le tenía mucho afecto a su asistenta su enfado fue considerable, aquello merecía una explicación, la cual no dudaría en pedirle al día siguiente.

Aquella era una de las primeras cuartillas, una de las de su madre. La volvió a leer:

Bianca Silva

Mujer de 24 años, brasileña. Obligada a trabajar como prostituta por una mafia de trata de mujeres a la que debe 23.000 €. Tiene una hija pequeña en Brasil a la cual utilizan para coaccionarla y amenazarla si delata a la organización.

Sueño: Poder vivir en España con su hija, libre de la mafia que la esclaviza.

Al día siguiente, Jonay salió a pasear muy temprano. Tomó intencionadamente el camino hacia la calle donde Bianca solía ofrecer sus servicios. No la vio. Entró en un cafetín cercano y pidió un cortadito. No le gustaba el café, su intención era tener una excusa para preguntar por aquella mujer.

-Será mejor que te busques a otra amigo,-le dijo el camarero- a la canariña le pegaron ayer una paliza que casi la matan. Está en el hospital y no saben si saldrá de esta.

Jonay entendió entonces porque Elizabeth había roto la cuartilla de Bianca, su sueño se había quebrado como sus huesos. Entonces supo lo que tenía que hacer. Pasó por la tienda a poner un cartel de “cerrado hasta nuevo aviso”, dejó una nota a Elizabeth indicándole donde iba a estar e instrucciones para que le llevara ropa limpia; y se fue al hospital. Estuvo con Bianca tres días seguidos sin moverse de su lado, tres días que ella pasó en coma debatiéndose entre la vida y la muerte. Al cuarto día, milagrosamente despertó. Jonay ya se había marchado pero dejó una nota en un sobre cerrado y que le pidió a una enfermera que se la entregara.

La nota decía:

Hay personas que merecen cumplir sus sueños, creo que tú eres una de ellas.

Aquí te dejo dinero para el pasaje de avión a Brasil, tráete a tu hija. No te preocupes por tu deuda con esos cabrones, ya está saldada.

Cuando regreses a España ve a hablar con el Sr. Guerra, tiene una tiendita de víveres en la calle Alameda, el te dará trabajo.

Recupérate pronto y no vuelvas a perder tus sueños.

Firmado: El coleccionista de sueños.

Jonay no dijo nada a Elizabeth, ella le había dado las pautas para completar su colección de sueños. A las pocas semanas Bianca había empezado a trabajar con el Sr. Guerra en la tienda y se había instalado con su hija en el piso de Elizabeth. En la caja de cartón la asistenta descubrió el primer sobre dorado, dentro estaban los trocitos de cuartilla que ella había cortado. Por fuera Jonay había escrito:

Bianca Silva
Sueño cumplido

Los trozos de cuartillas y las posteriores cartas doradas se sucedieron en los años siguientes sin que Jonay o Elizabeth dijeran nada de aquel juego que ambos se traían entre manos. Jonay usaba en ocasiones su dinero y en otras sus influencias adquiridas en sus años en la banca (había mucha gente que le debía un favor) para ayudar a los que figuraban en las cuartillas cuando no se veían capaces de realizar sus sueños. El barrio prosperó más rápido y con más fuerza que en otras partes de la ciudad. La gente que vivía en él parecían estar siempre alegres, optimistas. Eran amables, se saludaban al cruzarse por la calle, no había casi delincuencia ni violencia entre sus gentes. Se rumoreaba que en aquel barrio todos los sueños se cumplían pero nadie supo jamás quien era el misterioso “coleccionista de sueños”.

-Hace años que se produce la magia en esa caja, mi querida Elizabeth- dijo Jonay tomando de la mano a su asistenta, a su amiga, a su ...-Pero aún no he descubierto cual es tu sueño, y mira que lo he intentado.

-Jonay, mira que eres tonto. Te lo voy a poner fácil- Elizabeth metió la mano en su bolsillo y sacó una cuartilla. Ruborizada y con la mirada fija en la de él se la entregó.

Jeray la leyó:

Elizabeth Sheila

Mujer de 45 años. Naci en la India en una de las castas más humildes. Hui de mi país con mi bebe, repudiada por el marido octogenario con el que mis padres me obligaron a casarse siendo una niña... Lo demás ya lo sabes.

Sueño: Que tú me ames como yo te amo a ti.

Jonay se puso en pié, alzó a Elizabeth y estrechándola contra su pecho la beso con pasión. Luego cogió un sobre dorado y metió dentro, sin romperla, la cuartilla de la mujer que le había salvado la vida con su amor. En su anverso escribió:

Elizabeth y Jonay
Sueños cumplidos
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Foto: Playa de El Médano. Cabildo Insular de Tenerife.